Calor
Soy virgen. La confesión se resbaló con miedo entre mis labios. Miedo de que quisiera irse, o de que leyera en mí un defecto. Me sostuvo la mirada. Lo miré. Esos ojos marrones, un laberinto en el que podría perderme por días, o al menos por unas horas.
—O sea que nunca estuviste desnudo con otro chico bajo las sábanas — dijo, una afirmación vestida de pregunta.
Mi cabeza se balanceó en un no. El miedo me pintó las mejillas de un rojo intenso. Me abrazó, y percibí su calor y su perfume, sus brazos, todo él hecho un refugio.
—¿Y si empezamos con un beso? —propuso mientras me acercaba a sus labios, y la distancia entre nosotros desaparecía.
Agarró la frazada negra de la punta y supo cubrirnos en una oscuridad cómplice, donde todos los sentidos se intensificaban. Nos besamos. Esos labios sabor a miel, su aliento, su respiración, eran un fuego que me consumía. Su cuerpo se traducía en hormigueo eléctrico bajo mi piel.
Era hermoso. Ojos oscuros, una melena lacia y sedosa negra como la noche, piel blanca salpicada de pecas y lunares esporádicos, unos labios carnosos y rosados, y una sonrisa pícara coronada por un par de hoyuelos.
Era cierto que yo era virgen. Una ley no escrita dicta que la primera vez es para el amor de una vida, para el príncipe azul. Una culpa invisible me mordía: estaba rompiendo ese edicto sobre el deseo, esa norma que exige que la primera vez sea un momento sagrado. Pero mi primera vez no fue con “alguien especial”. Fue con Ramiro Grindr, después de chatear un ratito esa tarde que mis papás no estaban en casa.
A pesar de que no me preocupaba mi crimen (y mucho menos la condena), no podía evitar pensar en ello, en que estaba besándome con un extraño que acababa de entrar a mi vida a través de una pantalla. Mi mente me desconcentraba y él se dio cuenta. Se la bajó un poco.
Se alejó de mí un instante, interrumpiendo el torrente de besos entre nuestros labios.
—¿Estás seguro de que querés hacer esto? —me preguntó.
Mi voz respondió que sí, que siempre quise. Que si no, no habríamos llegado tan lejos. Una mirada socarrona fue la única respuesta que recibí. ¿Le importaba de verdad mi comodidad? Me pidió permiso para volver a la cama, un paquetito cuadrado en la mano. Arrojé la sábana a un lado, un gesto que invitaba.
Calor. Sudor. Orgasmo.
Lo escucho respirar, acostado a mi lado, con la frente empapada y las mejillas encendidas. Yo seguro estaba igual o peor. El olor a sexo monopolizaba cada bocanada de aire, la humedad se condensaba en las ventanas.
Lo oí hablar, pero sus palabras eran solo un murmullo distante. No podía prestarle atención, mi mente se había quedado atrapada en lo que acabábamos de hacer. Ese momento, que toda la vida nos pintan como el más importante, se me escapaba entre los dedos, tan fugaz como satisfactorio, tan frío como un eco, tan cálido como estos besos.
Su voz insistía. Me decía que tenía hambre, que si pedíamos algo para comer. Le di una sonrisa y un beso antes de soltar un dale, acá a la vuelta hay una pizzería que está muy buena.
Con cada bocado lo analizaba en silencio. Cada movimiento, cada palabra, cada mueca. Él no paraba de comer, y yo solo sentía una decepción tenue y un pudor extraño. Este era el punto de quiebre de mi vida, y lo había compartido con un fantasma que probablemente no volvería a ver.
Ojo, no me arrepiento; si algo siento, es una gratitud inmensa por ese instante. La decepción era solo el choque entre el cuento que nos venden y la realidad que nos toca vivir. Estaba feliz, pero esa felicidad se sentía extrañamente ordinaria. El anonimato de Ramiro lo hacía todo más sencillo. No había ataduras ni promesas, solo cariño y placer, solo vivir el presente, vivir.
La escena de dos cuerpos comiendo desnudos en la cocina se rompió con el sonido de mi teléfono. Una amiga me preguntó dónde estaba, si iba a ir a la fiesta. Me había olvidado por completo. El momento me había absorbido, embriagado en el placer y en esos ojos que eran un jardín de senderos que se bifurcaban hasta el infinito.
Volví a escuchar un tono de mensaje. Mi amiga insistía, como arrastrándome de los pelos a que baje del paraíso cuyo nombre era Ramiro, un nombre que me era inolvidable de lo pasajero.
Abrí la puerta para salir. Íbamos para el mismo lado. Mi fiesta le quedaba de paso y se ofreció a llevarme en su auto. Nos pasamos el viaje en el silencio de alguna FM de fondo. Una vez que me dejó, nunca más nos vimos. Y así Ramiro se desvaneció. Así fue como nunca volví a ver a uno de los hombres más importantes de mi vida.
No por haberme dado una primera vez romántica o mágica, sino por el respeto que me mostró, por la sabiduría que compartió conmigo en un momento tan vulnerable. Y fue especial, sí, pero no por las razones que uno espera. Es un momento en el que todo cambia, pero en el que nada cambió realmente.
Llegamos a mi destino y detuvo el motor. Lo miré a los ojos, sin palabras, sin necesidad. Nos convidamos un último beso, luego otro, y varios más, hasta que inevitablemente se llega al punto en que las bocas se separaron y un hilo de saliva se cortó, quizá, para siempre.

