Claustrofobia
Supe que era el final cuando me saludó con un beso en la comisura del labio. Un beso en el borde, casi en el límite de no ser beso, pero que lo fue por la simple coincidencia de que yo puse mi labio, y él, su mejilla.
Me invitó a pasar sin ganas. El palier del edificio estaba frío. El piso de porcelanato rechinaba quejoso bajo nuestros pies. El ascensor tardó poco en llegar, por suerte.
No me miraba. Podían ser tantas las razones. Pero yo en el fondo sabía qué era lo que pasaba. Intenté acercarme y se quedó quieto. No reaccionaba a mí.
Quise sacarle charla. Qué sé yo: hablar de alguna serie, de qué había hecho durante el día. Todo menos hablar de nosotros. De nuestro enojo. Cuando abrió la boca y antes de llegar al piso, el ascensor se detuvo, pero las puertas no se abrieron.
Murmuró alguna puteada en voz baja y me miró con cara de hartazgo, como lamentándose de estar conmigo en ese lugar y en ese momento, atrapados.
Me quedé inmóvil, a la espera no sé de qué. Procedió a encargarse de todo. Casi que negando mi presencia, se puso a tocar la alarma del ascensor, le dejó mensajes al encargado del edificio, llamó a su mamá que vive cerca para que estuviera al tanto y vea si puede venir a ayudarnos.
Dio un paso atrás, marcando distancia, y se arrinconó en el espejo del ascensor. Detrás suyo, mi reflejo. Y nos quedamos callados. El silencio fue roto por un llanto suave. No dijo palabra, pero entendía lo que pasaba. No quería estar conmigo. Ni ahí adentro, ni allá afuera.
Las horas pasaban largas, y él seguía encerrado en sí mismo, y yo seguía a su espera, sin querer perturbarlo, sin querer agitar ese nido de angustia y agregar aún más a todo lo que nos estaba pasando.
El aire asfixiaba denso y tibio por nuestra propia respiración. Las miradas esquivas se perdían en los reflejos de los espejos del ascensor. A pesar de todo sentí que había algo grato en estar encerrados juntos. Aunque sea juntos.
Así nos pasamos la tarde entera hasta que llegó el encargado del edificio y logró rescatarnos del encierro. En ese momento me dio un abrazo, pero sin decir absolutamente nada. No hacía falta. Yo ya sabía todo, él también.
No nos despedimos. Ya conocía la salida. A mis espaldas, las llaves arañaron la cerradura. Dos giros rotundos y finales.


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