El Mar
El primer mate fue una decepción tibia. Me pareció raro pero no quise decir nada. Ya bastante que ella se encargaba de todo como para recriminarle por la temperatura del agua. No soy un tipo jodido, y no quiero molestarla con boludeces, así que me tomé el mate frío sin decir nada.
Ella lo supo. No por mí, sino por el gesto de sus propios labios al probarlo. Vi el músculo de su mandíbula contraerse, un gesto mínimo que para mí era un grito. No era asco lo que vi en su cara, era una especie de vergüenza o un miedo quizás. Cuánto drama por un mate tibio, pensé.
Juliana era la previsora de la relación. Ella siempre se encargaba de todo: de sacar los pasajes, de reservar el airbnb, de traer la yerbera y el termo cargados, y se acordaba de traer los bizcochitos que me gustaban para pasar la tarde.
Habíamos decidido una escapadita para el fin de semana largo. Ella y yo. Nadie más. Como era invierno la playa estaba muy tranquila. Solo nosotros y el mar, demasiado inquieto, que nos recibía con espuma fría. Ese mar argentino, caótico, que masticaba la orilla sin descanso mientras el viento nos arañaba la cara con arena fina y sal.
—Gorda, está linda la tarde, ¿no?
Ella era puro silencio. Su respuesta no fue una palabra. Fue una torsión de la boca que quería ser sonrisa y se quedó a mitad de camino, un espasmo.
Seguimos así, en un silencio que solo era interrumpido por el quejido blanco de las olas. Yo me quedé leyendo una novela que me había llevado. Ella no. Se quedó con la vista clavada en el horizonte, completamente perdida en la inmensidad del mar que le devolvía la mirada.
Cuando el mate se lavó por completo y solo quedaban migas de bizcochitos, le dije de ir al quiosco que habíamos pasado en el camino del hotel a la playa para reponer provisiones. Una excusa, solo quería sacarla de ahí, romper el trance.
Otra vez no me respondió. Otra vez su mirada perdida en cualquier cosa menos en mí. Otra vez ese silencio aturdidor que no me decía nada. Otra vez ella y su nada.
Luego de unos instantes su mirada se clavó en mí, pero no me veía. Amagó a decir algo. Abrió la boca, tragó una bocanada de aire frío y salado, y vi el esfuerzo en su garganta por contener lo que fuera que quería salir. Una palabra, una súplica, una sentencia. Pero la ahogó. Y su rostro quedó vacío de nuevo. Se volvió y se quedó mirando el cielo pintado de brochazos naranjas que dejaba el sol en las nubes. El viento se levantaba y volaba con cada vez más fuerza el pareo y la arena que me picaba en las piernas.
Le sugerí volver al hotel, ya estaba refrescando mucho y quería pegarme una ducha. No me respondió nada, solo me miró fijamente a los ojos mientras se ponía de pie sacudiéndose la arena con una calma metódica y fría. Sostuvo la mirada clavada en mí, un solo segundo que fue eterno.
Al principio pensé que quizás querría refrescarse los pies. O quizás quería orinar, un último acto de rebeldía. Sus pasos eran firmes y decididos, y caminaba directo hacia el horizonte, esa línea turbia donde el mar se fundía con el cielo.
– Gorda, yo te espero acá cuando salgas, ¡te espero acá en la playa! - le grité.
Estaba cada vez más adentro. Las olas trepaban por su cuerpo mientras la espuma violenta la envolvía por completo. Su silueta se sumergía cada vez más, como si el mar se la tragara entera.
A lo lejos escucho el silbato del guardavidas y el rugido del mar contra las olas. A lo lejos solo escucho su silencio, otra vez ese silencio, otra vez ella y su nada.


"...otra vez ese silencio, otra vez ella y su nada" 😍