Fantasías
Me detuve frente a la puerta, el corazón me latía en la garganta. Una franja de luz se colaba por debajo, iluminando una línea de polvo en el suelo de madera. El pomo de imitación de bronce brillaba con una frialdad ajena. Y del otro lado, un llanto suave, ahogado, casi imperceptible, pero que aturdía mis oídos.
Era mi mamá la que estaba llorando. Desde que papá se fue que la veo así. En realidad no la veía. Se la pasaba encerrada en esa habitación. Llorando sola. Sintiéndose miserable y sola.
Yo apenas entendía lo que pasaba, tenía unos nueve o diez años. Pero de algún modo comprendía su tristeza. Yo también lo extrañaba a papá. Y quería ayudarla, quería hacerle saber que la acompañaba en ese sentimiento. Pero nunca me atreví a cruzar esa puerta.
Para acercarme a ella me arrastraba sigilosamente por el pasillo de casa. Un pasillo oscuro de techos altos y paredes opacas. La falta de ventanas se hacía notar en la iluminación baja que cedía lugar a la penumbra. Al final del pasillo estaba esa puerta. Cada paso me costaba el mundo, y cuando por fin llegaba, no me animaba a pasar. No sabía qué hacer.
Quise ser fuerte, y mi mano se acercó temblorosa al picaporte. No quise ver, pero sabía que estaba ahí, a unos pocos centímetros. El metal resplandecía como una advertencia. Cerré los ojos para no espantarme. Y de pronto el llanto del otro lado, su anhelo de tristeza, se detuvo. Como si supiera que yo estaba ahí, expectante y espectador.
La escuché moverse allá adentro, pero nadie dijo nada. Nos mantuvimos inmóviles y mudos. Yo no abrí la puerta. Ella tampoco la abrió para mí. Y nos quedamos de ambos lados de esa puerta hecha un muro entre nosotros, cada uno con su soledad y su silencio, que nos hacían nudos en las gargantas.


👏🏻👏🏻👏🏻