Por qué sufrimos
“Dyspepsy is the ruin of most things: empires, expeditions, and everything else.” — Thomas De Quincey
Mi existencia se redujo a un asco andante. Por primera vez en mi vida tenía sueños febriles. Por segunda vez en mi vida tenía hemorroides. Por enésima vez en mi vida tenía una gripe fuerte con tos y estornudos fuertes.
El dolor físico me recordaba del cuerpo enfermo a cada rato. No podía moverme, no podía levantarme de la cama, no podía existir de la forma más básica y humana. En cada acción estaba el dolor acechando.
Es una experiencia horrible verdaderamente. Tener fiebre, tos y hemorroides al mismo tiempo es algo que no recomiendo en absoluto. Pero el dolor sirve de maestro: me recordaba que tengo un cuerpo, que soy materia y que soy, sobre todo, biología.
Esto se hace evidente cuando uno consulta al dispositivo médico para encontrar un diagnóstico y una receta. Nuestro cuerpo es biológico. Pero es fácil olvidarse de este hecho fundamental de nuestra vida.
Me tomé el analgésico y el antihistamínico que me recomendó el doctor y cuando me sentí mejor salí a comprarme un café a la vuelta de casa. Hacía mucho frío y llovía. Otra vez las sensaciones del cuerpo. El café y el cigarrillo se sentían como un refugio frente al recuerdo persistente.
Ahí tenés por qué sufrimos, pensé, mientras hacía tiempo antes de volver a casa a encerrarme y ser un cuerpo en posición horizontal.
Todo lo malo que sentimos cumple ese propósito de recordarnos que solo somos biología, que tenemos cuerpo, que somos materia orgánica organizada pero en camino a la descomposición, eventual putrefacción, e inevitable muerte.
Le mandé un mail a mi jefe para avisarle que no me conectaría ese día a trabajar por motivos de enfermedad. Ya habiendo resuelto los problemas mundanos que tenían resolución, me senté en el sofá con mi mantita, puse mi serie favorita en HBO, y dejé que el tiempo se llevara mi dolor.

