Puro Teatro
Salimos del boliche muy muy tarde. La oscuridad llovía sobre nuestros cuerpos tambaleantes. Nos empapaba el neón del cartel de un kiosko desatendido en alguna esquina.
Íbamos en fila, mis amigos y yo. Nos movíamos lento, deambulando por la Avenida Córdoba en busca de algún taxi o algún bondi que nos pudiera llevar a casa.
Pero no había autos esa noche en la calle. Estaba todo desierto. Demasiado quieta la noche, como si hubiera muerto la ciudad.
De fondo, mientras intentaba caminar derecho, escuchaba la banda sonora compuesta por el chisme de mis amigos. Que si tal se comió a tal, que si alguien miró mal a otro. Se pasaban parte de lo que habían visto esa noche en el antro. Yo escuchaba en silencio. Demasiado mareado como para meter bocado.
Caminamos un buen rato hasta que uno preguntó si íbamos en la dirección correcta. Alguien le contestó que sí, que iban hacia el centro. Otro le dijo que tenían que ir para el otro lado.
Buscamos alguna señal, pero no había carteles que indicaran la dirección. No había numeración en los edificios. No había autos estacionados para que intuyéramos el sentido de la mano. La ciudad muerta nos había devorado. Ese laberinto que tanto vivimos mientras latía, ahora nos desconocía.
Levanté mi mirada para ubicarnos en las estrellas y solo vi una cortina roja que se extendía hacia el infinito, reemplazando el cielo. Era enorme, abarcadora, inentendible. Una cortina roja, como esos telones de teatro llenos de pulgas y polvo, cortaba la avenida a la mitad, y debajo de ella salía un humo fosforescente y gris.
Le dije a mis amigos que nos acercáramos. Me mataba la intriga de saber qué era y descubrir qué había detrás. Una pulsión que me llamaba como el canto de una sirena.
El suelo se oía hueco y cada paso retumbaba entre las copas de los edificios. El aire se volvía cada vez más frío y húmedo, y la niebla espesa que salía de detrás del telón comenzó a cubrirlo todo.
Cuando por fin llegamos a él no pudimos moverlo. Pesaba el mundo entero. Tuvimos que hacer fuerza todos juntos para levantar el terciopelo y poder colarnos por debajo. Lo que encontramos del otro lado era frío y desolador. Alguien soltó un suspiro renunciado.
Nos vimos a nosotros ajenos. Proyectados sobre un escenario de madera inmenso. Atrapados bajo el foco de unas luces tan blancas que quemaban nuestra piel. Caminábamos perdidos por una avenida, volviendo a casa del boliche, charlando de si tal se había comido a tal…

