Uña y Mugre
Su suegra los visitó para anunciar que no iría al casamiento. Mugre abrazaba y consolaba a la madre, mientras Uña solo se miraba las manos. Tenía un resto de esmalte rojo en el pulgar que empezó a raspar. Tac, tac, tac. De fondo, él le pedía por favor que no llorara, que ya iban a ver cómo arreglarlo.
Uña seguía raspando. Se abría la cutícula de a poquito, disfrutaba cada pedacito de piel que se arrancaba. Le dolía, pero no iba a mirarlos. Si levantaba la cabeza, los mataba a los dos.
Mejor se concentró en el resto de pintura que se fundía con el globo de sangre que brotó al arrancarse un pellejito de carne que sobresalía del pulgar. Un pedacito más. Ya casi terminaba.
La suegra se tapaba la cara con un pañuelo de hilo. No lloraba, solo hacía ruido. Mugre le puso la mano en el hombro y la miró, pero Uña no despegaba los ojos de su pulgar pintado de rojo. El último trozo de esmalte se resistía. Enterró su índice en el tejido vivo hasta que sonrió y soltó una risa vergonzosa.
— Decile algo así se tranquiliza — le susurró él con ese tono patético que adoptaba cada vez que su mamá le despertaba algún drama edípico.
Sintió un zumbido, una presión en su cabeza. Se levantó sin mirar a nadie y caminó hasta la cocina. Tenía las manos empapadas. Se lavó y agarró un repasador para secarse. Lo apretó volcando toda la fuerza en los nudillos, imaginaba que ese trapo gris era el cuello de alguien. El agua goteaba en el fondo de la bacha, diluía los restos de sangre con un sonido hueco.
—Pobre mamá, está muy alterada —dijo él apareciendo en la puerta—. Entendela, el divorcio la tiene mal.
Se lavó las manos tres, cuatro veces. El jabón le ardía en la carne al rojo vivo, expuesta por la piel que se había arrancado. Abrió la canilla al máximo y el agua salió con tanta fuerza que saltó para todos lados, manchando todo.
— ¡¿No te das cuenta de que lo del divorcio es un invento para arruinarnos el casamiento a nosotros?! — Le escupió cuando ya no pudo más.
Él la miró, callado, y solo volvió al living a consolar al cocodrilo espectacular que era su suegra. Ella no lo siguió. Se quedó en la cocina arrancándose las uñas y la piel que todavía le quedaban. Y luego se enjuagaba con detergente. Y ardía.

